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2007-11-03

Prioridades

Iñaki Esteban, autor de El efecto Guggenheim, reflexionando sobre la irrupción del lujo institucional en el discurso político.

Tenemos entonces que, por una parte, el poder propicia el ornamento e incluso lo necesita. Pero, por otra, ¿podemos decir que los ciudadanos lo piden del mismo modo en que exigen otros servicios? El estado de bienestar, en el que aún estamos, no sólo puede ofrecer sanidad, educación, seguro de desempleo y jubilaciones, aunque estas prestaciones sigan siendo su columna vertebral y continúen justificando su existencia. Si bien se puede cifrar la tasa de pobreza en España en el 20% de la población (cuyos ingresos anuales son menores al 50% de la renta media disponible), queda el otro 80% máas decisivo en el voto, por número y por implicación electoral, que vive en una situación más o menos holgada. A partir de esta holgura entra en juego lo que podríamos llamar el “lujo institucional” y el ornamento.

Ya no bastan hospitales y carreteras, por muy necesarios que sean. Ahora se exigen fiestas patronales de alto nivel, conciertos, polideportivos con saunas y baños turcos, estadios y campos de golf municipales, viajes subvencionados y museos. Desde el lado de la política, no sólo se ofrecen estas actividades e infraestructuras para dar un servicio, para el uso ciudadano. También se promueven edificios de arquitectos con firma para acotar nuevos escenarios de relación (mediática) con los votantes y para embellecer el entramado urbano y hacerlo así paseable para propios turistas. En est5a nueva estatización de la política, los actos culturales y sus escenografías cumplen el papel de dar empaque, prestigio e imagen de idealismo filantrópico al poder político y sus aliados económicos. (…)

Por decirlo de un modo histórico, las masas exigen que el Estado financie el lujo que antes sólo estaba al alcance de los burgueses y de los restos de la aristocracia a la que aún les quedaba dinero. Sólo hace falta fijarse en la reciente proliferación de centros artísticos en España para darse cuenta del significado de la democratización – o constitucionalización – del lujo institucional. No importa que muchos de ellos tengan un mínimo impacto en la población que les rodea. La mayoría de los ciudadanos no necesita usar el museo, cobijo de obras abstrusas y esotéricas. Pero gusta tener ese ornamento, admirarlo y enorgullecerse de él, y los políticos se apresuran a presentarlo como una necesidad satisfecha gracias a ellos.



posted by vendell 10:15

7 Comments


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Comentarios

1
De: cossimo Fecha: 2007-11-04 11:19

E isto non viría sendo algo parecido ao que alguén chamou hai xa ben tempo, A Feira das Vanidades?



2
De: Anónimo Fecha: 2007-11-04 11:29

¡Carallo! ¿Vai vir Savonarola?



3
De: cossimo Fecha: 2007-11-04 12:02

A feira, Anónimo, non a fogueira.



4
De: Anónimo Fecha: 2007-11-04 13:06

Mágoa.



5
De: cossimo Fecha: 2007-11-04 13:50

Si, tamén ten razón.



6
De: Vendell Fecha: 2007-11-04 19:09

Molaba a fogueira, pero sen tirar logo a Savonarola.



7
De: minimo Fecha: 2007-11-04 21:57

De acuerdo, Cossimo: Mataiotes mataiotetos kai panta mataiotes



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